Marcos Vidal advierte: “El aislamiento es un suicidio espiritual”

Publicado el 9 enero 2015 en Articulos
  

mvPor Marcos Vidal.- Estoy convencido de que una de las mayores lacras dentro de la iglesia actual es la tendencia al aislamiento en un hijo de Dios, y muy especialmente en los líderes o ministros del evangelio.

Es una trampa mortal en la que muchos caen sin darse cuenta, cada vez más. Probablemente por la influencia de la filosofía individualista que gobierna nuestra sociedad, este comportamiento se ha instalado firmemente como otra «forma» de conducta cada vez más habitual, que se impone en los tiempos modernos del cristianismo, vulnerando el principio bíblico que presenta a la iglesia como el cuerpo de Cristo.

Como hijos de Dios, pertenecemos a un organismo vivo mucho más grande e importante que nosotros mismos, en el cual somos simples miembros interdependientes y no podemos subsistir solos ni aislados.

Necesitamos la cobertura del cuerpo y la comunión con el resto de los miembros. La Biblia es muy clara en este aspecto y un vistazo al capítulo 12 de 1 Corintios debiera ser suficiente para liberarnos de cualquier duda. Frases como: «Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?» (12.15–16) o «Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros» (12.21). Si algo queda claro en el Nuevo Testamento es el concepto de CUERPO inherente a la iglesia de Jesucristo.

Además de esto, Jesús también habló de la unidad de los suyos. No solo de la unidad del cristiano con Él, claramente explicada en Juan 15 con el cuadro de la vid y los pámpanos, sino también de los unos con los otros. Difícilmente se puede pasar por alto el mensaje del Maestro en la oración de Juan 17:

No ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado (Juan 17.20–23).

Es impensable, leyendo estos pasajes, llegar a la conclusión de que un hijo de Dios puede subsistir espiritualmente cortando la comunicación con el resto del cuerpo, o con cierta parte del cuerpo. Como miembro se pudre y se muere, y como heraldo de Cristo es una pantomima porque Jesús dijo que la unidad del cuerpo era necesaria para que el mundo creyera. ¿Qué mensaje transmite un miembro amputado?

Pero no solamente es anti bíblico aislarse del cuerpo, sino que es además un peligro mortal que muchos ni siquiera sospechan. Al respecto hay un versículo que ha sido todo un descubrimiento para mí en el último tiempo. Se encuentra en 1 Juan 1.7: «si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado».

Por eso el aislamiento es una ratonera, es un suicidio espiritual, por más que se disfrace de mil maneras y se haya convertido actualmente en una «forma» habitual de comportamiento para muchos cristianos. Porque existen errores y pecados de los que uno no es consciente por sí mismo. Hay faltas que, a menos que mi hermano me las señale, nunca lograré verlas sin ayuda exterior.

David oraba a Dios diciendo: «¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos» (Salmos 19.12). De modo que hay transgresiones, incluso iniquidades que por mí mismo jamás llegaré a confesar, a menos que alguien me abra los ojos y pueda verlas. ¡Para eso existe el cuerpo! David necesitó a un Natán. Yo necesito «Natanes» en mi vida y pido al Señor que me los envíe siempre que sea necesario, y que no cometa el error de aislarme y cerrar los oídos a su incómodo mensaje. Porque puedo ser muy sincero y estar al mismo tiempo muy sinceramente equivocado incluso respecto a mi propia conducta. Y no lograré reconocerlo a menos que alguien me ayude a verlo. Y si no lo reconozco, no lo confesaré, y si no lo confieso ¿cómo alcanzaré perdón de Dios?

Tomado del libro Con Permiso, ©2014 por Marcos Vida (ISBN: 978-0-8297-6556-4). Usado con permiso de Editorial Vida.

Fuente: Líder Visión


Categoria: Articulos
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