Jesús Adrián Romero: “Las personas más espirituales están fuera de la iglesia”

Publicado el 21 enero 2015 en Articulos
  

10846364_10152613227264037_4046704462988995877_nCon frecuencia les pregunto a las personas: ¿cuéntame de la última experiencia espiritual que tuviste? Hago la pregunta solo con el fin de confirmar mis sospechas: hemos confinado la vida espiritual. Si te dijera a ti como lector que me contaras acerca de ese momento cuando sentiste que algo extraordinario sucedió a tu alrededor, cuando el cielo se conectó con la tierra, creo que tu respuesta se parecería a la de muchos.

Cuando la gente habla de experiencias espirituales, hacen referencia a algún campamento al que fueron, a un congreso en el que participaron, o al tiempo de adoración que tuvieron en alguna reunión del domingo en sus congregaciones. Doy estos ejemplos para señalar que el cristiano moderno ha limitado las experiencias espirituales a actividades de la iglesia.

Hemos confinado la espiritualidad a las cuatro paredes de la iglesia. Si nuestras experiencias espirituales solo toman lugar en la iglesia, nuestra vida espiritual sufrirá de malnutrición.

La mayoría de las personas pasan un promedio de dos horas a la semana en la iglesia, esto significa que si la semana tiene 168 horas, solo experimentamos a Dios, el 1.68% del tiempo.

Cuando pienso en mis experiencias espirituales más profundas, me doy cuenta de que la mayoría de ellas no fueron en la iglesia. Un día que estaba de vacaciones con mi familia, una noche nos fuimos a cenar a un restaurante. Cenamos muy rico mientras conversábamos. Después de la cena nos quedamos en la sobremesa y la conversación continuó. Hablábamos de todo con nuestros hijos. Mis hijas le daban consejos a mi hijo acerca del tipo de chica con la que se debía de casar. Debe ser dulce, tierna, amable, cristiana y de convicciones fuertes, le decían. Mi hijo, de la misma manera, les decía a mis hijas acerca del tipo de muchacho con el que se deberían de casar.

Platicamos del futuro y de lo que cada uno de ellos pensaba estudiar y hacer. Al platicar no podía quitar la vista de mis hijos y admirarme de lo mucho que habían crecido. Cuando los escuchaba hablar, por mi mente cruzaban destellos de la niñez de cada uno. Los escuchaba como un papá orgulloso y satisfecho. Tenía destellos de las oraciones que hicimos por ellos desde que eran pequeños.

Al escuchar a Melissa hablar, me acordé de que casi la perdíamos durante el embarazo de Pecos. Una noche, Pecos me despertó, y al encender la luz, las sábanas estaban bañadas en sangre. Inmediatamente la llevé al hospital y tuvo que estar varios días en observación para no perder a Melissa. El último mes del embarazo de mi esposa lo pasé en ayuno. Entregué el ayuno en el hospital después de tomar a Melissa en mis brazos.

Esa noche, mientras cenábamos en ese restaurante, en San Miguel de Allende, me di cuenta de algo extraordinario y ordinario a la vez: estábamos pisando tierra santa, Dios estaba presente y se estaba manifestando en el deleite de comer y platicar juntos. Curiosamente, no estábamos haciendo nada «espiritual», no abrimos la Biblia, no había música para adorar, excepto la de mariachi que se escuchaba en las bocinas del restaurante, pero estábamos adorando, no estábamos orando, pero estábamos hablando con Dios y Él estaba hablando con nosotros. Simplemente estábamos comiendo y platicando.

La iglesia tiene un pleito abierto en contra de la espiritualidad, argumentando que no todo lo espiritual es cristiano, y tiene razón, pero al hacerlo hemos rechazado la espiritualidad en la vida cotidiana. Es por eso que las personas más espirituales están fuera de la iglesia, pero no debería ser así.

Cuando Jacob despertó después de haber dormido en el campo usando una piedra como almohada, se dio cuenta de algo y dijo: «Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía» (Génesis 28.16, lbla).

Cuando pienso en esta declaración me doy cuenta de que si le quitamos las últimas dos palabras, explica la razón por la cual no nos damos cuenta cuando Dios está presente. «Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no…».

El problema no es que Dios no está presente, el problema es que nosotros no lo estamos. Nos cansamos con la rutina, somos esclavos de la costumbre y andamos en automático, y no nos damos cuenta de su presencia.

Tomado del libro BESANDO MIS RODILLAS por Jesús Adrián Romero. Publicado por Editorial Vida – 2014 Miami, Florida. Usado con permiso de Editorial Vida.


Categoria: Articulos
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