Héctor Hermosillo: ¿Cuánto necesitas para ser feliz?

Publicado el 9 diciembre 2013 en Articulos
  

felizPor Héctor Hermosillo.- Eclesiastés 2:4-8. “Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén. Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda clase de instrumentos de música”.

 

Las Escrituras nos indican que además del templo (1 Reyes 6) y el palacio real (1 Reyes 7:2-12), Salomón construyó las murallas de Jerusalén, el Milo, un relleno de tierra hecho para ampliar Jerusalén (1 Reyes 11:27), las ciudades reales de Meguido, Hazor y Gezer y las ciudades de almacenaje para sus jinetes y para sus carros a lo largo y ancho de su imperio.

 

El ingreso de oro anual durante el reinado de Salomón era de unos 22.600 kilos, aparte del oro que le llevaban los mercaderes negociantes y los reyes de Arabia (1 Reyes 10:14-15; 2 Crónicas 9:13-14). Además, «los reyes de la tierra» le llevaban anualmente regalos como alhajas de oro y de plata, vestidos, armas, especias aromáticas, caballos y mulos (1 Reyes 10:25; 2 Crónicas 9:23-24).

 

Salomón tuvo 1.400 carros y 12.000 jinetes (1 Reyes 10:26; 2 Crónicas 9:25). Su trono era de marfil, recubierto de oro puro, no había otro trono semejante en reino alguno (2 Crónicas 9:17-18). Todos los vasos y la vajilla de la casa de Salomón eran de oro (2 Crónicas 9:20). No había ningún rey en toda la tierra que poseyera las riquezas de Salomón (1 Reyes 10:23; 2 Crónicas 9:22).

 

No todos tenemos, como Salomón las riquezas ni los medios económicos para satisfacer nuestros caprichos. Sin embargo, muchos hemos sido víctimas del consumismo, de esta tendencia inmoderada a adquirir, gastar o invertir en bienes no siempre necesarios. ¿De dónde proviene la necesidad por cambiar, por adquirir el último modelo de lo que sea?

 

A veces somos como niños y tomamos la actitud de un comprador compulsivo: «Lo necesito», «Quiero tenerlo», «No puedo vivir sin esta nueva tecnología», «¡Tengo que comprarla, ya! No puedo esperar». La compra constante de nueva tecnología no tiene fin y dicen los expertos que esto actúa juntamente con el deseo de estar a la moda: compramos como autómatas y sin necesidad.

 

Si el problema es severo, el efecto puede llevarnos a la ruina por pretender ser exclusivos para llenar un vacío emocional e irracional. Es como una adicción que solo se aplaca con la adquisición de lo nuevo, la novedad, lo último y, en casos extremos, puede degenerar en la acumulación compulsiva de artículos nuevos.

 

Es Jesús mismo quien le dice a la mujer samaritana que va recurrentemente día tras día a buscar agua del pozo: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4:13-14).

 

Ec. 2:9. “Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. Indudablemente, Salomón fue engrandecido. Toda su gloria, belleza, poder y sabiduría se encuentran en la Biblia. Su vida está narrada en los primeros once capítulos del primer libro de Reyes.

 

No obstante, a todos los grandes imperios, así como a todos los grandes hombres de la historia, cada día se les da menos y menos espacio en nuestras bibliotecas. Cada día se dice menos de ellos porque, como bien dijo Salomón, después de que el hombre pase con toda su grandeza, de él no queda ni siquiera memoria.

 

En su primera carta el apóstol Pedro expresa: «Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1:24-25).

 

Ec. 2:10-11. “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol”.

 

Este es el error de querer encontrar en el placer un propósito en sí mismo. ¿Está Dios en contra del placer? Definitivamente no. Hay textos en la Biblia que nos indican que Dios no está enojado con el placer. El rey David dice de su relación con Dios: «En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre» (Salmos 16:11).

 

O pensemos en la relación íntima y santa que Dios creó en la unión matrimonial de un hombre y una mujer para que disfruten con su bendición, como dice proverbios: «Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre» (Proverbios 5:18-19).

 

Sin embargo, cuando buscamos en el placer un propósito en sí, y tal búsqueda nace de un corazón egoísta que coloca el placer por encima de las personas que amamos, entonces nuestras relaciones personales comienzan a romperse, se producen heridas profundas que nos separan y nos consumen.

 

Llegamos a la conclusión de que el corazón del hombre y los ojos nunca están satisfechos. No solamente es vanidad, sino también es aflicción de espíritu. En Hechos 20:35, Pablo recuerda que Jesucristo dijo: «Es mucho más bienaventurado [más feliz] dar que recibir». Y en eso sí que hay placer. Este es el secreto: el verdadero amor es sufrido (1 Corintios 13:4), se preocupa por el bien del otro. El placer en sí mismo es egoísta, pero el amor no busca lo suyo, y amar al final trae un placer increíble, una bienaventuranza. Salomón finaliza el versículo 11 diciendo: «Vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol».


Categoria: Articulos
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