Dante Gebel: ¿Qué precio tiene tu tiempo?

Publicado el 4 diciembre 2013 en Articulos
  

tiempo«Dante, vayamos al grano. Con exactitud, lo que queremos saber es de dónde sacas el dinero para todo lo que haces». Si estás pensando que esta pregunta me la hizo un periodista incisivo, estás equivocado. Tampoco fue mi contador, o un amigo cercano. Provino de un importante ministro, el cual hablaba en nombre de un consejo pastoral, hace varios años atrás en una reunión en Buenos Aires.

Fui convocado luego de las primeras reuniones multitudinarias en los estadios de Argentina porque querían conocerme un poco más. Y luego de las formalidades habituales, surgió la gran pregunta.

Siempre hicimos los Superclásicos de la Juventud absolutamente gratis y sin siquiera pedir una ofrenda, así que era lógico que surgiera el interrogante.

Por otra parte, tratamos de que todo lo que hacemos se lleve a cabo con la mayor calidad posible y con la excelencia que se merece un espectáculo donde presentaremos el mensaje de salvación, por lo que estamos obligados a invertir miles de dólares en cualquiera de nuestros eventos.

La respuesta es un tanto compleja, pero no imposible de responder. No obstante, contiene algunos puntos importantes que quiero comentarte, lo cual me tomará un par de capítulos.

Estoy seguro de que mucha gente tiene un sueño noble, una visión que no le deja dormir, sin embargo, siente que está lejos de lograrlo porque no posee los recursos financieros. Y es entonces cuando se frustran y abandonan su destino, porque creen que Dios le dio el sueño a la persona equivocada.

La Biblia menciona tres maneras en las que podemos invertir dinero en el reino de Dios. Las primeras dos son las más conocidas, la tercera es de la que menos se habla, posiblemente por razones obvias.

La primera manera es a través de nuestras ofrendas, las cuales Dios se compromete a devolvernos al ciento por uno. Eso es algo matemático, una ciencia exacta y una promesa del Señor. Tú das de corazón y el Padre, que no es deudor de nadie, se compromete a devolvértelo con creces.

La segunda manera de invertir y que se menciona en varias ocasiones en la Biblia es por medio del acto mismo de sembrar. Una siembra es aquello que hacemos esperando cosechar. No existen sembradores que digan que «no esperan nada a cambio», pues eso sería una necedad. Si alguien abona la tierra, la labra y la siembra con esfuerzo y trabajo duro, lo lógico es que reciba una buena cosecha. Con seguridad has visto por las cadenas de televisión cristiana cuando los anfitriones invitan a los televidentes a hacer una siembra a cambio de obtener una buena cosecha. Independientemente de la manera en que algunos las presenten, la siembra y la cosecha constituyen una ley natural que jamás deja de cumplirse en todos los órdenes de la vida.

En cuanto a la tercera, como te dije, es la manera menos divulgada, pero no por eso la menos bíblica. Fue el apóstol Pablo quien hizo referencia a ella, y el pasaje casi pasa desapercibido, pero de igual modo ahí está, como elevándose entre el resto del texto: «Así que de buena gana gastaré todo lo que tengo, y hasta yo mismo me desgastaré del todo por ustedes» (2 Corintios 12:15). Una versión más antigua dice: «Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestra almas» (RVR-60).

Ese es el punto. Pablo estaba tan entregado a su propósito, que ni ofrendaba ni sembraba; él pertenecía al tercer nivel: gastaba por amor a las almas.

Aun sin conocer esta declaración del apóstol, esa ha sido nuestra metodología de trabajo durante estos veinte años. Tanto en mi familia como en nuestro equipo. Nunca sentimos que queríamos obtener algo a cambio. Incluso cuando la tarea de cosechar es algo loable, jamás nos motivó el hecho de saber que podríamos obtener una recompensa financiera.

Tampoco pudimos darnos el lujo de separar los costos que nos demandaban nuestras visiones de nuestras propias finanzas personales. Cuando recién comenzábamos, y absolutamente nadie creía en nosotros, recuerdo que Liliana y yo mirábamos alrededor de la sala de nuestro departamento y nos preguntábamos: «¿Qué podríamos vender para usar ese dinero en la cruzada?» Es obvio que los pocos electrodomésticos que teníamos apenas si tenían algo de valor. No obstante, te aseguro que estuvimos dispuestos a quedarnos sin nada más de una vez.

Nuestro primer automóvil lo vendimos para poder pagar los costos de los pasajes aéreos de una banda de música cristiana que nos acompañó a un evento en Costa Rica. Y en más de una ocasión (y puedo asegurarte que han sido varias) tuvimos el dinero para comprarnos nuestra propia casa, pero lo volvíamos a gastar en una nueva cruzada mientras seguíamos rentando. Así fue año tras año, escuchando a algunos de nuestros amigos y familiares decirnos que hacíamos mal en no pensar en nosotros y nuestro propio bienestar financiero.

Sin embargo, nos sentíamos tan agradecidos que Dios hubiera puesto sus ojos en un par de invisibles, que con todo gusto estábamos dispuestos a gastar todo lo que teníamos por amor a su nombre y las almas perdidas.

A veces me sorprende escuchar a algunos líderes que planifican eventos supuestamente evangelísticos, pero que ya tienen una cuenta anticipada de lo que van a ganar al final de la jornada. No quiero hacer un juicio de valores en cuanto a si es correcto cobrar por un evento donde se predicará el evangelio (aunque en nuestros Superclásicos nunca lo hemos hecho), pero lo cierto es que posiblemente nunca logren dejar una huella significativa en las personas cuando la motivación es obtener una ganancia financiera.

Los que amamos a nuestra familia no dudamos en gastar en ella. Eso hacemos con nuestro cónyuge y nuestros hijos. No creo que alguien se sienta bien si por ejemplo su esposa le dijera: «Haré el amor contigo hoy, pero quiero cobrártelo de algún modo mañana. Quiero que entiendas que esto es una siembra». Estoy seguro de que nos dolería muchísimo escuchar algo así.Y aunque no dudaríamos en darle todo lo que esté a nuestro alcance, no desearíamos pensar que alguien está con nosotros por otro motivo que no sea el amor puro y genuino. Dios es un fiel testigo de que durante todos estos años hemos sentido el placer de gastar en él y las visiones que nos encomendó. Ha sido un gusto buscar recursos para la televisión, la radio, las publicaciones, los estadios y los teatros. Por lo general, juntábamos dinero todo el año, literalmente, para gastarlo en un Superclásico en diciembre. Luego no podíamos darnos el lujo de irnos de vacaciones o descansar durante el verano en Argentina, pero no había nada más grande que pudiera reconfortarnos que saber que estábamos haciendo lo que nacimos para hacer, alcanzando nuestro destino cada año.

Con seguridad estarás pensando que ni siquiera tienes nada personal para gastar, pero puedo asegurarte que tienes algo en común que sí puedes comenzar a invertir: tu tiempo, el único don real que viene contigo desde tu nacimiento. Mike Murdock suele decir: «La diferencia más grande entre el humilde y el poderoso, el desempleado y el empleado, el pobre y el rico, es la opinión que ambos tienen acerca del tiempo». Y agrega: «Todavía no conocí a un pobre que haya estado conscientemente informado del tiempo, ni a una persona rica que no valore lo que el tiempo significa».

Donald Trump, el famoso millonario estadounidense, suele repetir la frase: «Nunca contrataría a alguien que no usa un reloj», remarcando así la importancia del tiempo en los negocios y la vida cotidiana.

Puedes comenzar invirtiendo tu tiempo en prepararte, estudiando para no ser simplemente «un hermanito santo con buenas intenciones», sino una persona santa pero capacitada e instruida.

Puedes invertir tu tiempo en leer la Biblia, estudiar y asistir a un seminario.

La pregunta es: ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a gastar con el fin de alcanzar tu destino?

Como dijimos al inicio de este libro, hay muy poca gente que tiene un enfoque y un propósito serio con relación a su vida, y como consecuencia, les hacen perder el tiempo a los que sí lo tienen. Sabotean las visiones ajenas, justo porque están aburridos de navegar sobre un barco sin brújula que nunca llega a ninguna parte.

No obstante, si tienes un destino claro, debes comenzar gastando tu tiempo.

Eso es lo que comenzamos a hacer Liliana y yo cuando estábamos recién casados. Apenas teníamos lo básico para comer, pagar la renta y los impuestos, pero sí podíamos gastar nuestro tiempo. Así que decidimos renunciar a algunas horas de nuestro descanso y comenzar un programa radial para jóvenes a la una de la madrugada todos los días. Volvíamos a casa pasadas las dos y treinta de la madrugada, dormíamos algunas pocas horas, y nos íbamos a trabajar a las siete la mañana hasta pasadas las siete de la noche, hora en que regresábamos a casa. Sin automóvil, recursos ni dinero, pero gastándonos a nosotros mismos, como dijo el apóstol Pablo.

Dios no nos daría mucho más si no podíamos administrar lo poco y lo único que teníamos por aquel entonces: nuestro tiempo.

En ocasiones algunos jóvenes quieren hacer algo significativo, pero no pueden renunciar a las eternas horas frente al televisor, los videojuegos o la computadora. Y es que nuestro tiempo no es otra cosa que la suma de nuestros hábitos cotidianos. Ningún deportista puede calificar para las olimpíadas, o un jugador de fútbol para una final del mundo, si no entrena su cuerpo y gasta su tiempo en hacerlo a diario.

No te confundas, no comienzas a servir a Dios y te diriges hacia tu destino cuando recién tienes el dinero, sino cuando tienes la lealtad de gastar tu tiempo por amor a tu llamado.

Por nuestro equipo ministerial y la productora han pasado varias personas. Algunas de ellas están conmigo desde hace más de veinte años. Sin embargo, con el pasar de los días, otras demostraron que eran desleales a la visión. Siempre que hacemos nuestras reuniones de equipo les suelo recordar que «el que es capaz de mentirme, también es capaz de robarme», por consiguiente, aquel que lo haga no puede permanecer ni un minuto más con nosotros. Les digo que no tengo inconvenientes en que se acerquen y me digan: «Estoy siendo tentado a hacer algo indebido», o «Acabo de equivocarme y necesito que ores por mí». Siempre estaré allí para ayudarlos. Pero si me mienten en algo, por pequeño que sea, ya se trate de una excusa inventada por haber llegado tarde o una evasiva ante una pregunta directa, deberán presentar su renuncia o de otro modo serán despedidos.

La deslealtad es la última frontera en un equipo íntegro.

Y la deslealtad, al igual que la constancia en el llamado, es un tema de carácter y no puede ser comprado con más dinero. Si uno de mis muchachos me miente, no puedo pensar: «Bueno, tal vez si le aumento su salario estará más feliz y dejará de mentirme».

Lo mismo sucede con Dios en lo que se refiere a nuestro propósito. Él necesita ver que somos leales, aun cuando no tenemos los recursos. El Señor tampoco puede decir: «Tal vez si le doy el dinero por adelantado, entonces será una persona confiable». Necesitamos comenzar a gastar nuestro tiempo para que luego podamos gastar dinero para el reino, nunca es al revés. He escuchado a algunas personas decir: «Cuando Dios me llame a trabajar a tiempo completo para la obra (lo cual significa recibir un salario de parte de alguna iglesia o ministerio) entonces tendré el tiempo suficiente para servirle», pero es exactamente a la inversa. Primero le das tu tiempo, luego vendrán los recursos.

Cuando alguien llegaba a nuestro ministerio y antes de saber siquiera lo que tenía que hacer nos preguntaba: «¿Y cuánto voy a ganar?», en todos los casos sin excepción terminaba siendo una persona improductiva que solo causaba problemas. Hasta el día de hoy, sé que mi tiempo es muy valioso, y como me dijo mi amigo aquella vez que me preguntó con respecto a lo que escribirían en mi lápida: «Cada año que cumples no es un año más de vida, sino uno menos que te resta para llegar hacia tu destino».

Por esa razón, protejo mi tiempo con todo mi corazón, no me gusta dilapidarlo en confraternidades tediosas, ágapes o reuniones estériles de los comités, los cuales se pasan la vida hablando de lo que alguna vez harán y nunca hacen nada. Cuando valoras tu tiempo porque sabes que has decidido gastarlo para Dios, aprendes que la intimidad debe ser ganada, no permites el acceso a tu círculo íntimo a cualquier persona que no sepa hacia dónde se dirige y carezca de enfoque y propósito. Hace unos años atrás tuve la oportunidad de conocer a José Satirio Dos Santos, un gran hombre de Dios, y en varias ocasiones visité su iglesia en Cúcuta, Colombia.

Cierta vez me comentó que le preocupaba notar que la mayoría de los líderes cristianos de Latinoamérica se levantaban después de las once de la mañana. «Tienen servicios hasta la madrugada», me dijo, «y a la mañana siguiente, cuando el mundo hace los grandes negocios, mientras los empresarios firman contratos importantes y los bancos y la bolsa hacen sus transacciones, algunos líderes cristianos aún continúan durmiendo». El hombre había estado toda la mañana intentando hablar con algún líder, pero todos dormían hasta casi el mediodía.

Me dio vergüenza escuchar a Satirio decir esto, pero le asistía la razón. Es por ello que la iglesia durante muchos años solo pudo llegar con facilidad a los estratos sociales más bajos. Debido a que no valoramos el tiempo, vivimos de noche haciendo nuestros eventos como si fuésemos artistas de rock, y no tenemos conciencia del esfuerzo y el trabajo arduo.

«Yo mismo me gastaré del todo», mencionó Pablo, y es obvio que estaba incluyendo su tiempo, su salud y sus finanzas. Una vez oí la siguiente frase: «Encuentra algo más grande que tú mismo. Encuentra algo a lo que valga la pena dedicarle la vida entera. Encuentra algo que te tome varios años conseguir. Después, invierte todo tu tiempo en alcanzarlo».

 


Categoria: Articulos
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